martes, 12 de septiembre de 2017

Ficha Bibliográfica N°3

Ficha Bibliográfica "Normalidad y diferencia en nuestras escuelas a propósito de la Ley de Inclusión Escolar."
Dakini Ruiz

Referencias 
Matus, C. y Rojas, C. (2015). Normalidad y diferencia en nuestras escuelas: a propósito de la ley de inclusión escolar. Revista Docencia, 56, 47-56.

A partir de las nuevas legislaciones que se han dado en materia de inclusión educativa en Chile, es que se debe mirar críticamente cómo se entienden los conceptos a la base de aquellas políticas. Analizar cómo se incorporan aquellas nociones en la formación de profesores y profesoras, y cómo se pueden repensar las prácticas pedagógicas, poniendo especial foco en aquello que se entiende por “lo normal” y “lo diferente”. Buscan también ayudar a entender cómo es que los docentes pueden contribuir con cambios significativos en materia de inclusión en las salas de clases.
Metodológicamente, las autoras dividen el texto en tres partes:
1)  Revisiones teórica respecto al uso de conceptos centrales que se utilizan a propósito de la inclusión en la política y las escuelas.
2)  Reflexiones acerca de cómo algunas prácticas escolares operan reproduciendo una idea normativa de la diferencia desde distintos ámbitos del quehacer social y del sistema educativo.
3) Condiciones o recomendaciones para identificar y luego problematizar aquellas prácticas que reproducen la idea del “diferente” o “distinto” como problemático y desajustado de aquello que se piensa como ideal.
1) En este apartado se trabaja sobre la pregunta ¿de qué hablamos cuando hablamos de diversidad e inclusión en educación?, llevando inminentemente a revisar la discusión inclusión/ integración. Es importante comprender que ambas perspectivas conciben una determinada “forma de hacer políticas, de hacer investigación, de actuar en las salas de clases y espacios educativos, y en general de pensar la sociedad, que están ancladas en formas disímiles de pensar la diferencia, la normalidad y al sujeto” (Matus y Rojas, 2015. p.48). Pero tanto el discurso de integrar como el de incluir, normaliza a aquellos grupos minoritarios (“los niños diferentes”) en un espacio social que está fuera de aquello que implícitamente se entiende como alumnos/as o escuela normal.
Las soluciones que están siendo propuestas frente a situaciones de intolerancia,
“no colaboran a complejizar por qué sucede esto, de qué manera, cuáles son las prácticas que marcan a los sujetos (objetos) de la tolerancia como inferiores, desviados, marginales, y más importante, cuáles son aquellas prácticas que de paso definen implícitamente a aquel sujeto “normal” (Matus y Rojas, 2015. p. 49).
En Chile particularmente, durante los últimos 15 años, las políticas en torno a temas de diversidad han estado orientadas a temas vinculados con la discapacidad y las necesidades educativas especiales, pero aquellos modelos han resultado ser inadecuados o  insuficientes al intentar abordar otras diferencias (socioculturales) (Matus y Rojas, 2015). Resulta entonces urgente preguntarse “cómo las políticas de diversidad en general evitan hacerse cargo del problema acerca de cómo se razona, se piensa y produce la diferencia” (Matus y Rojas, 2015. p. 50), cuestionando también la lógica de poder que subyace al trato que se le da a las diferencias, y cómo las decisiones pedagógicas que se toman están contribuyendo al sostenimiento de aquellas estructuras de poder.
La forma en que se plantea la diversidad en los contextos escolares tiende a entender la diferencia como algo que las personas poseen, y en el caso de que aquellas diferencias sean un potencial motivo de violencia, déficit o falencia, es que:
“las acciones que se han diseñado a su favor se han orientado a compensar, mejorar o resolver la necesidad de los sujetos diferentes o diversos y/o incidir en la cultura escolar con el fin de garantizar que estas personas o grupos sean tolerados o aceptados en la institución escolar” (Matus y Rojas, 2015. p. 51).
Sin embargo, este discurso no es eficiente en cuanto a reducir las tasas de violencia y discriminación, por lo cual surge el desafío de replantear cómo se entiende la diversidad en el ámbito educativo.
2) Otro problema de la inclusión y la diversidad guarda relación con que el problema y por tanto el foco sobre el cual intervenir o actuar, no es necesariamente la persona a quien se le asignó alguna etiqueta o diagnóstico, sino “aquel que nombra la vulnerabilidad, y en consecuencia actúa en función de esa valoración social y cultural, sin problematizar lo que se está reproduciendo” (Matus y Rojas, 2015. p. 51). Debiéndose actuar sobre el sistema normativo a partir del cual, determinadas características convierten a un/a estudiante en un problema.
3) En función de lo planteado anteriormente, las autoras sugieren algunas condiciones y apoyos estratégicos para el trabajo pedagógico en salas de clases y espacios escolares, pensando que a partir de las nuevas legislaciones, los y las docentes tienen que enfrentarse al desafío de abordar una “nueva heterogeneidad”.
La transformación que debe ocurrir en las escuelas debe darse en varios niveles. En primer lugar, se debe “instalar en la práctica pedagógica la pregunta por aquello que se entiende como “lo normal” (Matus y Rojas, 2015. p. 52), para lo cual los profesores y profesoras deben identificar y erradicar el actuar pedagógicamente desde el prejuicio o el estereotipo, pues al momento de categorizar a un estudiante como diferente o vulnerable, se está reforzando indirectamente e implícitamente dando un privilegio a quien sí estaría dentro de lo definido como “normal”.
En segundo lugar se debe tener especial cuidado con los diagnósticos, pues para explicar que el comportamiento de un estudiante no se ajuste a los objetivos de la escuela, profesores y profesoras tienden a clasificar a esos estudiantes, identificando al niño/a con alguna particularidad de su vida a la cual se pudiese atribuir ese comportamiento. Lo anterior muchas veces tiene a la base el propio aprendizaje sociocultural del docente, es decir, de sus prejuicios y estereotipos, en vez de que el diagnóstico o clasificación tenga un real sustento profesional o técnico.
Finalmente, cabe mencionar que el hecho de que la diversidad esté pensándose de forma estática (como característica perteneciente a una persona) incita a creer que se necesita un currículo o un modo de enseñar específico para cada estudiante, esto “refuerza la diferencia de unos y la normalidad de otros, y no se hace cargo del problema de fondo (…): el privilegio de unos por sobre otros como producto de sus identidades” (Matus y Rojas, 2015. p. 54). Los docentes deben poner el foco en comprender cómo reconocer que sus estudiantes son depositarios de identidades que se juegan en una relación de poder, y actuar para alterar aquellas relaciones de poder, modificando así el supuesto a partir del cual se ha sostenido determinada diferencia.
Para cerrar el texto, las autoras concluyen que las políticas como la Ley de Inclusión Escolar, cuyo principio es “permitir que todos y todas las estudiantes puedan acceder libremente a establecimientos escolares, lo cual sugiere la aparición de una nueva heterogeneidad de estudiantes, implica asumir que estamos en una sociedad profundamente segregadora”. Entonces, la ley viene a instalar un marco regulatorio para iniciar una conversación crítica y honesta sobre el racismo, la xenofobia, temas de género y de clases, para hablar sobre el privilegio de algunas identidades por sobre otras.
El objetivo de las investigadoras es “poder aportar a generar una discusión compleja acerca de cómo revertir situaciones de discriminación en las salas de clases”, y contribuir a educar desde el no prejuicio, trabajando con prácticas pedagógicas que justifiquen el ideal de justicia social en las escuelas.
Comentario
El texto es crítico tanto con la perspectiva de integración, como con la forma en que se lleva a la práctica la inclusión, y relega grandes responsabilidades en los y las docentes, considerando que son quienes pueden cuestionar las prácticas de las estructuras de poder que suponen que las diversidades necesitan distintos currículos o profesionales que les enseñen. Al mismo tiempo proponen varias discusiones e interrogantes que deben dejar de evitarse en cuanto a lo que se entiende como “normal” y “diferente”, para dejar de actuar en base al sentido común, a los prejuicios y estereotipos que hemos aprendido a lo largo de nuestras vidas.
Algo muy importante a rescatar del texto es que hay que ser cuidadoso con esperar que una sala de clases sea homogénea, pues de tal modo, cualquiera que no calce dentro de aquella homogeneidad representará un problema, lo cual deja en evidencia una sociedad que además de caer en prácticas discriminatorias, xenófobas, y clasistas, forma profesores y profesoras que no se cuestionan aquellas prácticas, y terminan por reproducir aquella lógica en las escuelas.

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